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Mañana de
saludos por el reencuentro del grupo tras las últimas fechas navideñas.
A las 8 de la mañana, más de cincuenta componentes montaban en el
autobús para hacer un recorrido de más de cien kilómetros hasta llegar a
Labuerda. Situada en el corazón de la comarca, forma un triángulo
geográfico y económico junto a Boltaña y Aínsa; era, en tiempos pasados,
el primer lugar urbano importante que encontraban los montañeses de
Bielsa, Chistau y otros lugares cuando bajaban en busca de provisiones
sobre todo a Aínsa y Boltaña.
La lluvia
que al llegar caía en Labuerda hizo dudar a los senderistas; en pocos
minutos, tomaron la decisión de, al menos, intentar llegar a San
Vicente; deducción acertada pues al poco de comenzar a andar los
paraguas se cerraron y aunque la amenaza de lluvia estuvo presente, el
tiempo respetó la ilusión del grupo.
Al
comenzar la marcha, con el fin de evitar el cruce de la carretera,
tomamos dirección a la plaza; al llegar a la iglesia, donde destaca la
monumental torre, cogemos la calle que bordea dicha iglesia hasta llegar
a una ancha pasarela que cruza el río; a continuación, pasando por
debajo del puente, tomamos una pista por la que transitamos medio
kilómetro hasta coincidir con la deteriorada carretera, actualmente en
obras, que se dirige a San Vicente de Labuerda; por ésta caminamos hasta
que, cercano ya el núcleo urbano, una senda a la derecha nos dirige a la
citada población. Llevamos recorridos tres kilómetros.
La
amabilidad y el perfecto conocimiento de la zona de nuestro amigo
Mariano Coronas, principal valedor de la reconocida Asociación Cultural
“El Gurrión” de Labuerda, que nos acompañó a lo largo de la jornada, nos
llevó a conocer interesantes capítulos históricos y populares del lugar,
de los cuales es un defensor incansable. Con él visitamos el casco
urbano de San Vicente de Labuerda (750 m.) que tiene exposición sureste
solapado a una ladera y donde destaca su arquitectura doméstica bien
conservada; destacar, sobre todo, la visita efectuada al casal solariego
de los Buil con oratorio particular y torreón cuadrado donde resalta el
ventanal geminado. Hay que reconocer a la familia Buil, personificados
en Miguel y Beni, su esfuerzo para rehabilitar esta magnífica
construcción.
Desde las
últimas casas del pueblo se distingue la iglesia de San Vicente (783 m.)
levantada a unos trescientos metros del pueblo a la que nos dirigimos a
continuación con la compañía de Mariano, sin dejar de observar en el
camino un hermoso litonero. La iglesia resultó una agradable sorpresa
para la mayoría de los componentes del grupo que desconocían la
existencia de esta espectacular parroquia de estilo románico del S. XII,
declarada Bien de Interés Cultural. Aislada, entre prados en pendiente,
sorprende por su magnitud, con una alta nave con bóveda ligeramente
apuntada. El interior es de nave única, rectangular, con ábside
semicircular donde destaca un magnífico retablo dedicado a San Vicente
restaurado recientemente. Al este de la iglesia se halla un
esconjuradero. Desde aquí se divisa en las alturas, perdida entre la
vegetación, la ermita de San Visorio, originario de Francia, cuyas
reliquias se conservan en una de las capillas de la parroquia descrita.
Reanudamos la marcha por pista en ligera subida hasta llegar, en pocos
minutos, a la ermita de San Miguel (785 m.). Un vistazo a su exterior y
en veinte minutos vemos la senda señalizada que se dirige a Boltaña;
nosotros seguimos de frente hasta llegar pocos metros más adelante, al
denominado “Campo Redondo” y, al final del mismo (790 m.), nos
encontramos con el pilaret conocido con el mismo nombre que el campo
mentado.
Seguimos
subiendo y nos encontramos con una barrera que impide el paso a los
coches. Un poco más y alcanzamos la elevación máxima de la andada, en la
cota 830, cercana al punto más alto de Monte Cocullón, que queda a
nuestra derecha. Desde aquí, iniciamos el descenso hasta el final del
trayecto. En un kilómetro de descenso pronunciado se alcanza la
bifurcación que se dirige a Labuerda por el llamado “Camino de Cocullón”
(720 m.). El descenso es suave lo que permite observar con tranquilidad
el hoy húmedo paisaje en el que destacan las formaciones que sufren las
margas en su continua erosión.
El
descenso, un tanto pesado por el barro existente a lo largo del camino
debido a las lluvias caídas la noche pasada, termina en el cauce del
barranco Forcas (565 m.), difícil de cruzar el día de la marcha por el
aumento de caudal. Fue el último obstáculo de la jornada y sirvió,
además, para aligerar en sus aguas el barro acumulado en las botas de
todos los componentes del grupo. Una resbaladiza subida nos lleva al
llano donde en pocos minutos nos encontramos con el templete Cruz del
Sobrarbe, levantado en el siglo XVII para conmemorar una importante
batalla que tuvo lugar en esa llanura en tiempos del Medievo. Unas fotos
para dar testimonio del paso de “Rutas” por allí y en pocos minutos
accedemos al aparcamiento donde nos esperan los autobuses con el calzado
seco, pues el que llevamos no está muy presentable para acceder al
interior de la villa de Aínsa.
Es la
hora de la comida. Por el castillo (595 m.) accedemos a la plaza y
bajando por la calle Mayor llegamos al restaurante Fes donde reponemos
fuerzas a base de cardo con salsa de almendras , cordero al horno,
macedonia y café. Un buen rato de tertulia y de nuevo en la plaza Mayor
de Aínsa nos despedimos de Mariano, ilustrado guía y mejor amigo. Hacia
las 17´30 montamos en los autobuses; en ellos, comentarios de lo mal que
pintaba el día por la mañana y la satisfacción de haber podido realizar
un interesante recorrido, como dice el titular, “entre las nubes y
nieblas del Sobrarbe”. En la siguiente cita, el mes próximo, visitaremos
la siempre enigmática comarca de Los Monegros. |