30 DE MARZO DE 2008

 

TRAVESÍA Nº. 382 - LA PUEBLA DE FANTOVA- CENTENERA- LA CORONA- ABENOZAS DE ABAJO- AGUILAR- SANTALIESTRA

 

Y LA LLUVIA APARECIÓ

 

POR CAMINOS Y SENDEROS CASI OLVIDADOS DE LA RIBAGORZA

Las predicciones nos habían anunciado una jornada que podría acabar con lluvia acompañada de tormentas y un nuevo descenso de las temperaturas; así que pertrechados con variada tipología de paraguas nos disponemos a emprender la marcha 26 componentes de la actividad, con cara aún somnolienta por el madrugón y la hora perdida con el cambio al horario de verano. La población de La Puebla de Fantova presidida en lo alto por su iglesia renacentista es testigo de una mañana bastante nublada pero agradable gracias a que el sol aún hace acto de presencia. Tomamos enseguida a nuestra izquierda el camino balizado que nos conducirá hasta Centenera.

Al poco pasamos junto a un depósito de agua anexo a un pozo-lavadero. El cantar alegre de los pájaros nos acompañan en nuestro caminar cuando atravesamos un bosque de cagicos, salpicado con pinos cada vez más frecuentes, puesto que nos adentramos en una ladera orientada al norte. En un par de kilómetros dejamos a nuestra derecha un ramal de la pista que desciende hacia el barranco Llisué, cruzándolo por un bonito puente de dos arcadas; a diferencia de nuestro camino que lo hace por un vado algo más abajo. Luego confirmaríamos que por allí discurre el camino original que unía las dos poblaciones, pasando primero por dicho puente y luego por otro más pequeño y original al cruzar el barranco de Comunet, ya en las cercanías de Centenera. No entendemos como se puede ignorar tan atractivo itinerario a la hora de recuperar los caminos que unen nuestros pueblos, y elegir una vulgar pista de reciente factura cuyo encanto es más que dudoso. No se trata de tener una extensa red de senderos y caminos balizados muchas veces carentes de interés y a menudo poco mantenidos, sino de que realmente aporten algo al caminante.

Tras otro par de kilómetros podemos distinguir a nuestra derecha la aislada iglesia del pueblo y la población encaramada en un promontorio alargado situado algo más al norte. Antes de llegar decidimos detenernos a reponer fuerzas junto a su fuente-lavadero, que incluye un aljibe del que una vetusta bomba de mano aún hace surgir un fresco y abundante chorro de agua. En una losa incrustada en su muro exterior podemos leer esta curiosa leyenda “1936 BEBE Y BETE”.

Tras el almuerzo, el camino que nos conduce al cercano pueblo gira al norte para emprender un duro ascenso por una pista muy empinada; el sol que ahora aprieta con fuerza no facilita la tarea. La previsión de lluvias no parece acertada. Casi en su punto más alto la abandonamos a la derecha para seguir un delicioso y horizontal sendero que nos conduce directamente a Castenblán; solitaria edificación presidida por un airoso torreón y rodeada por yermos campos en una planicie elevada sobre el valle. Bajo nuestros pies podemos observar Centenera y a lo lejos La Puebla. Hacemos un alto para visitar su interior, que conserva una interesante bodega.

El cielo se está cubriendo cada vez más y empezamos a pensar en lo acertado de la previsión. Tomamos ahora rumbo al noreste por una maltrecha pista que asciende suavemente por la ladera, poblada de un espeso pinar. En algún tramo recorremos el olvidado y antiguo camino que nos acerca a la aldea de Abenozas. Extensos y verdes campos cultivados nos anuncian su proximidad. Algo más arriba podemos divisar los dos barrios situados en lo alto de un promontorio, presidido el más elevado por la parroquial de San Cristóbal. Tras contemplar asombrados la presencia de una de las enormes y aisladas pilonas de la amenazante línea de alta tensión Aragón-Cazaril que se asienta en la ladera, ascendemos al barrio de Abajo, en el que un sonoro grupo de gallinas y un altivo gallo nos dan la bienvenida. Una única calle recorre las escasas e interesantes edificaciones, la cual se abre en una acogedora y bonita placeta, para continuar a través de un singular arco-túnel.

Emprendemos ahora un fuerte descenso por una pista que tras un suave rodeo se dispone a penetrar en el encajonado barranco de Gabarrosa. Tras atravesarlo, iniciamos un breve ascenso hacia las aisladas edificaciones de la aldea de Els Camps; conjunto que desde Abenozas ya habíamos divisado justo enfrente. Rodeada de verdes campos cultivados, está situada en una suave ladera y una solitaria calle separa las interesantes y maltrechas casas, en las que destacan sobre todo sus arcaicas portadas, especialmente una con un gran dintel recto. Lo ya adelantado de la hora y el ahora amenazante cielo que divisamos en dirección al lejano Caballera, invitan a tomar un merecido descanso para comer y reponer fuerzas.

Con la mirada puesta en nuestro próximo objetivo, la aldea de Aguilar, de la que nos separa una fuerte depresión que ocupa el profundo barranco de Gabarrosa, y con el inquietante aunque lejano rumor de un solitario trueno, proseguimos nuestro itinerario para lo cual avanzamos por el camino ligeramente descendente que rodea hacia el norte los últimos campos. Enseguida se convierte en un cómodo y agradable sendero que sin apenas perder altura atraviesa un pequeño barranco e inicia una prolongada travesía por la empinada ladera que se desploma sobre el ya mencionado barranco Gabarrosa. En niveles inferiores van apareciendo antiguas y abandonadas fajas increíblemente situadas sobre el abismo, que nos anuncian la cercanía de la población. Una última y breve subida nos lleva a superar los últimos resaltes, tras los que aparecen las primeras edificaciones de Aguilar. Nos da la bienvenida Casa Cecilia, en la que destaca su fachada, en la que figura el nombre de la misma y la fecha “1828”. Junto a la parroquial del siglo XVI, realizamos un último reagrupamiento.

La belleza del anterior tramo y de los posteriores que descienden desde Aguilar, así como su deteriorado estado, nos hacen recapacitar sobre el olvido y la indiferencia que hacen gala los organismos competentes en materia de turismo cuando ignoran tesoros que como éstos tenemos abandonados a lo largo y ancho de nuestra geografía.

Tras volver a oir el agradable sonido de la campana de la iglesia, la parada resulta ser bastante breve, pues algunos truenos más cercanos y las primeras gotas hacen que emprendamos rápidamente el último tramo del recorrido. Mientras un grupo emprende el descenso por el sendero principal, un reducido grupo nos atrevemos a continuar el itinerario en dirección a la cercana planicie en la que se ubica Casa Casero. Sin tiempo de detenernos pasamos de largo e iniciamos un rápido descenso por el casi intransitado y bonito sendero que tras varias lazadas atraviesa el barranco As Eras. Llueve ligeramente y nos detenemos para sacar los paraguas y protegernos del vendaval, preludio de la tormenta que se está desatando. Avanzamos protegidos por el bosque por el que discurre el descendente sendero. El fuerte viento decrece en su intensidad y la lluvia empieza a caer con violencia acompañada de estruendosos truenos que ya se oyen encima de nosotros. La tormenta es intensa en todo el valle pero su fuerza decrece en las cercanías de Santa Liestra. Hacía más de 10 meses que la ansiada lluvia no nos acompañaba en nuestros recorridos, pero por fin apareció.

 

FOTOS DE LA TRAVESÍA