7 Y 8 DE JUNIO DE 2008

 

TRAVESÍA Nº. 385

 

SARAVILLO - COLLADO SANTA ISABEL - NAPINALS

NAPINALS - PUNTA PEGOLERA - RIO GARONA - COLLADA DE CESERA - CESERA

 

SI HABÍA BRUJAS, NO LAS VIMOS

 

DOBLE JORNADA BAJO EL GIGANTE COTIELLA

 

Si lo que pretendíamos era resarcirnos del mal tiempo de los fines de semana precedentes, y disfrutar de un auténtico tiempo primaveral, parece que así iba a ser, pues las primeras horas del sábado nos recibían con un cielo despejado y un sol deslumbrante, presagio de un fin de semana apasionante en contacto con una naturaleza en todo su esplendor. Así, y tras un viaje sin incidencias, nuestro microbús nos dejaba en la localidad sobrarbense de Saravillo.

Tras un buen café que nos despejaba de la somnolencia del viaje, a las 11 de la mañana emprendíamos la ruta por el sendero balizado GR-15 que, por el collado de San Miguel, se dirige hacia Badaín. Pronto lo abandonaríamos para dirigirnos por una pista transitable para vehículos hacia el collado de Santa Isabel, que alcanzaríamos fácilmente, no sin antes realizar un alto en el camino para almorzar y reponer fuerzas. Las panorámicas desde el collado nos invitan a la contemplación sentados en la fresca hierba junto al bien acondicionado refugio de Santa Isabel: Al norte Puntas Suelza y Fulsa, al oeste Punta Llerga, al este Mobisón Gran, Punta Gradiello y Punta Lacués y al sur Peña Montañesa y las crestas de Loma Estrimera a cuyos pies se encuentra el final de esta primera etapa, el verde prado de Napinals de Laspuña, que como un privilegiado palco, preside el anfiteatro del barranco Irués. Era momento de entrar en contacto con nuestras emisoras con nuestro compañero Jesús, que allí se encontraba y que nos guiaría en el tramo de ascenso al colgado prado.

El cielo se está cubriendo con nubes que nos inquietan un poco, y como el tiempo pasa deprisa retomamos la marcha para acceder a la cabecera de un barranco situado a nuestra derecha que, mediante un vertiginoso descenso por empinadas pedreras flanqueadas por verticales riscos, nos deja en las proximidades del naciente y seco barranco Irués, donde nos detenemos para comer y descansar del esfuerzo realizado, junto a uno de los ahora verdes cajicos que pueblan estos parajes.

 Con ánimos renovados caminamos ahora por el desolado barranco Irués, esquivando los innumerables y grandes cantos rodados que componen su lecho. Doscientos metros más abajo abandonamos el barranco a nuestra izquierda, a partir de un hito que señala el comienzo de una casi desaparecida senda que se introduce en el temible barranco de Gradiello que habremos de remontar, primero por su seco y boscoso cauce, y posteriormente, por su ladera orográfica izquierda, hasta alcanzar la base de una breve, rocosa y empinada canal lateral, ya señalada con los hitos que Jesús ha situado para facilitar el dificultoso e intrincado itinerario. Poco más arriba abandonamos el barranco principal hacia la derecha para enlazar con nuestro amigo que nos guía superando resalte tras resalte hasta alcanzar la boscosa zona superior de un barranco secundario que se va abriendo paso a paso ante nosotros. Tras un último giro hacia el oeste y por una evidente y bien trazada senda colgada en el abismo alcanzamos el paradisiaco prado de Napinals donde nos espera el campamento que nuestros amigos de la Peña han instalado para acoger nuestros cansados cuerpos. El sol lo ilumina todo, el paisaje es impresionante y la sonrisa tras el esfuerzo aparece en nuestros rostros. Gracias de nuevo por vuestra desinteresada colaboración.

 

 

 

Primero una cerveza fresca, luego un rato de charla y finalmente la cena que con esmero nos ha preparado Chelo: Ensalada de endibias con queso azul, tallarines con longaniza y chorizo, lomo con tomate y de postre melón, todo regado con buen vino. La velada es muy agradable hasta que el sol pierde fuerza y se oculta. La temperatura desciende bruscamente, el aire fresco se convierte en gélido viento y la estupenda cena se convierte en un suplicio, pero la buena compañía lo suple todo. Un buen y caliente quemadillo y a dormir.

A las ocho de la mañana nos vamos desperezando y abandonamos las acogedoras tiendas para prepararnos para la segunda y larga jornada. El día aparece esplendido y el sol ilumina ya el entorno. Después de un buen desayuno y tras despedirnos de nuestros anfitriones abandonamos el prado entrando en el próximo bosque de pinos por una antigua tiradera. El desnivel es mediano, pero no paramos de pensar en que la pendiente ha de aumentar para alcanzar la cercana cresta de Loma Estrimera que encima de nosotros domina el entorno. Alternamos bosque con claros que son cada vez más frecuentes. A nuestros pies aparecen montones de Pulsatilas que incluso pueblan las cada vez más frecuentes pedreras. Por sucesivas tiraderas que atraviesan el bosque vamos superando el desnivel, cuya pendiente cada vez es mayor. Atravesamos una última pedrera por su parte superior y en una empinada diagonal y por sucesivas lazadas atravesamos el último tramo de bosque que alcanza la cresta que aquí se debilita y permite su conquista. Estamos en el Plan de Cotiella de Abajo.

La vista es extraordinaria: A nuestros pies nuestro campamento en Napinals. En frente la enorme mole de Punta Llerga que deja ver detrás Monte Perdido y La Munia. Hacia el norte Punta Suelza y la cercana Punta Pegolera, punto culminante de la cresta en la que nos encontramos y que algunos componentes del grupo irán a visitar después. Hacia el este el nevado Cotiella. Y hacia el sur Sierra Ferrera y Peña Montañesa en su extremo occidental. Tras almorzar y disfrutar de un merecido descanso después de seiscientos metros de fuerte subida, continuamos hacia la suave depresión de la próxima Cresta del Bacarizal que enlaza la Punta Pegolera con Cotiella.

Nuestra primitiva intención de alcanzar la Ereta de las Brujas bajo Cotiella se ve truncada ante la imposibilidad de encontrar un itinerario factible en la descarnada y fuerte ladera que tenemos bajo nosotros. Tras ponernos en contacto con nuestros compañeros en la zona, decidimos variar la ruta con intención de acercarnos a alguna de las pistas que discurren al sur en las inmediaciones del barranco de La Garona. Así, comenzamos un decidido descenso atravesando el Cubilar de la Manzanera en dirección a un refugio situado junto al barranco Manzanera. Los arizones son los dueños del terreno. Una vez allí un abandonado pero estupendo sendero nos guía por el descendente barranco introduciéndonos de nuevo por terreno boscoso hasta alcanzar un pequeño y florido prado donde damos paramos a comer. El cielo se ha ido cubriendo pero, como en la jornada anterior, pronto se ve que no hay amenaza de lluvia.

 

 

Retomamos la marcha siguiendo el bien trazado sendero que nos acerca a la Colladeta de las Brujas, tamizada de suave y florida hierba. La pendiente más acusada y el cada vez más perceptible rumor del agua nos anuncian la proximidad del barranco de La Garona. Lo vadeamos sin dificultad y en la otra orilla iniciamos una mantenida subida por restos de tiraderas que nos conducen hasta el Refugio del Rallero. Seguimos ahora una pista que nos conduce hasta los prados del Brocal, paraje al que merece la pena regresar, pues en sus proximidades existe un corto recorrido que hace posible la visita a una espectacular haya y a unas fantasmagóricas y enormes hiedras abrazadas a la roca.

La pista conecta con la pista principal que recorre las faldas de la Sierra Ferrera y que nos conduce en algo más de medio kilómetro al refugio del Ostacho; refugio que conocemos bien de otra de nuestras anteriores andanzas por este territorio. Un buen trago de agua fresca de su acogedora fuente y continuamos por la pista que discurre bajo la Peña Montañesa hasta alcanzar en suave ascenso la Collada de Ceresa. Solo queda iniciar el fuerte descenso, unos por la pista, otros por el sendero hasta la próxima Ceresa, donde nos espera el microbús. Han sido dos días de duro recorrido, pero el esfuerzo ha valido la pena. Aunque dicen que por aquí hay brujas, si las había, nosotros no las vimos.