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14 de Junio de 2009 - Pico Sesques - 2.600 metros |
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Las cuatro de la mañana es una hora indefinida, demasiado tarde para irse a dormir, demasiado temprano para levantarse. Por la calle, durante la marcha de aproximación hacia la Estación de Autobuses me cruzo con caminantes que, como yo, andan medio zombis con paso titubeante. Solo nos diferenciamos en que ellos van con un vaso casi vacío en la mano y yo cargo con una mochila, como siempre, demasiado llena. Ellos van vestidos como de boda y yo llevo mis pantalones viejos de los domingos. Media hora más tarde, vamos treinta y un madrugadores, sentados medio dormidos en el pequeño autobús del “75 aniversario de Peña Guara” que, renqueante, como si le pesaran los 75 años, sube poco a poco el puerto de Monrepós. Me vuelvo a despertar bajando el puerto de Somport, camino de Urdos, y enseguida entramos en Etsaut, pintoresco pueblecito en la orilla derecha de la carretera desde el que vamos a comenzar nuestra travesía. El tiempo está muy nublado y cuando ya nos disponemos a salir, comienza a llover. Dudas, como tantas veces, dudas. ¿Salimos? ¿Lloverá? ¿Nos espera el autobús aquí o le decimos que vaya al otro lado del Portalet? … Comenzamos la ascensión por una calle que, zigzagueante, lleva a las casas más altas del pueblo, y de nuevo la dudas, ¿comienza el camino en esta curva o en la de más allá? Al final es en la curva más alta y por un camino perfectamente marcado nos adentramos en el bosque. Un bosque denso y húmedo, como corresponde a un bosque de la vertiente norte del Pirineo y que en algún momento me recuerda a los bosques tropicales del Himalaya. Llegamos a la borda más alta y un gran perro, parece un mastín o quizás es un montaña, ladra como un loco mientras pasamos y cruzamos una pradera recién segada donde reposa el heno cuidadosamente alineado. Definitivamente nos adentramos en el bosque y el camino se empina ganando altura rápidamente. Mientras tanto las nubes se han disipado y el cielo quiere quedarse azul. Otra duda aclarada. La senda se pierde a veces sepultada por los helechos y tenemos que caminar atentos para no despistarnos, pero, en general el camino se sigue bien aunque está claro que por aquí no viene mucha gente, los dos mil metros de desnivel que hay hasta la cumbre del Sesques son bastante disuasorios y la gente “normal” prefiere otras excursiones. Claro que, como dijo el clásico, “hay gente pa to”. Tres horas más tarde llegamos al final del bosque y cruzamos un caudaloso torrente por una tabla y, “metiendo la pata” en el agua, ganamos la otra orilla donde comienzan los prados. Hemos subido ya mil metros de desnivel y nos detenemos a echar un tentempié. Al este ya podemos ver la cima del Sesques y al oeste han aparecido las cimas del Anie, la Mesa de los Tres Reyes, el Petrechema, Acherito, Gamueta y demás cumbres que, como una sierra, recortan el horizonte. Y debajo, hundido en el valle, Etsaut, nuestro punto de partida. Por la pradera, sin camino definido, entre orquídeas, fritillarias y gencianas, subimos zigzagueando, como queriendo engañar a la pendiente. Pasamos por el pequeño refugio pastoril conocido como Yèse y seguimos, poco a poco, con el infatigable paso cansino de Javier, sumando metros de desnivel y acortando distancias a la cumbre. Algunos neveros rompen la monotonía verde pero apenas los pisamos y así llegamos a lo alto de la montaña. Todavía nos queda trepar la pendiente hacia el sur hasta llegar a la arista cimera, aérea y rocosa pero fácil. A nuestra izquierda, al este, vemos el lago helado de Isabe por donde queremos descender. Frente a nosotros, muy cerca, la cumbre del Sesques, inconfundible con sus pequeñas antenas. Y alrededor, un mar de montañas, un paisaje impresionante en el que el Midi D’Ossau, que vemos por su vertiente norte, es el rey indiscutible. Seis horas después de salir de Etsaut y de subir 2.000 metros de desnivel, llegamos al Sesques. Comemos, disfrutamos y nos fotografiamos en la cumbre mientras unas nubes negras e inquietantes vienen por el oeste. Parece que finalmente nos vamos a mojar. Esta duda no estaba tan aclarada. Desandamos rápidos la cresta hasta un collado por el que bajamos con facilidad a los neveros de la cara este, justo en la parte superior de la cuenca del lago de Isabe. La nieve blanda nos permite bajar cómodamente hacia el lago que está defendido por paredes verticales por las que se despeñan varias cascadas formando un sorprendente cuadro. Bordeamos las paredes por la derecha y al final de los neveros encontramos el marcado sendero que nos llevará al valle de Bitet. En la orilla del lago de Isabe que todavía está prácticamente helado, echamos un bocado aprovechando que el mal tiempo ha quedado en unas gotas más refrescantes que molestas y nos disponemos a bajar por una pendiente de abedules y servales corvados por las avalanchas. El camino baja directo y bien definido amenizado por las cascadas que continúan, caudalosas, por debajo del lago. Enseguida nos adentramos en un bosque de hayas y abetos recubiertos de musgo y llegamos al final de la pista de Bitet, en una pequeña presa en la que un gran tubo pone de manifiesto el aprovechamiento de estos torrentes tan impetuosos. Nos quedan unos cinco kilómetros de pista forestal hasta la carretera del Portalet. A pesar de llevar casi once horas de marcha y más de 1.850 metros descendiendo, no se nos hacen tan pesados como esperábamos y a las seis de la tarde llegamos al final de la pista donde, ¡sorpresa!, no está en autobús. Nos ponemos en contacto telefónico con el chófer y nos comunica que ha tenido que descansar en Etsaut (cosas del tacómetro) y que todavía tardará una hora en llegar. Nos lo tomamos como una pequeña venganza a los plantones de un montón de horas que en otras ocasiones hemos dado a los autobuses. Además el día ha sido magnífico y no llueve. No nos podemos quejar. Lorenzo Ortas |