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UN INTERESANTE
RECORRIDO POR TIERRAS DE LA LITERA
La autovía a Lérida
hace ya años que debería estar en total servicio,
pero no obstante su demorada realización, agrada ver
pasado Barbastro las obras que se están realizando
en las inmediaciones de Binéfar, localidad por la
que necesariamente debemos pasar para llegar a San
Esteban de Litera, punto de salida y regreso de la
travesía que nos disponemos a realizar en este frío
y último domingo de Enero.
Pasados algunos
minutos de las nueve de la mañana y ya con las
mochilas a cuestas por las calles de San Esteban,
parece que toda la población está dormida por cuanto
no se oye nada ni se ve a nadie, salvo a una señora
con un niño. Cruzamos la carretera que asciende
hacia Azanuy y por terroso camino que pasa por el
“Cortijo de los mimbrales” vamos avanzando a buen
paso vigilados por la Sierra de las Forcas, excepto
cuando atravesamos su atrincherado tramo en el que
se están depositando escombros para igualar la
maltrecha plataforma. Desde una arruinada casa al
final de la hendidura se puede hacer una foto en la
que aparece San Esteban, el Pueyo de Barbastro y la
Sierra de Gratal.
No hay indicadores de
ningún tipo por la ruta que llevamos, lógicamente
reconocida hace poco más de un año. Así es como
llegamos al barranco Segarra y tras caminar un corto
trecho por su pedregoso y seco cauce, seguimos
avanzando por embarrada pista hasta acceder al
paraje del Estany de Queraltó y con aparente menor
cantidad de agua en la balsa, de acuerdo a como la
vimos en anterior ocasión. Prácticamente tenemos
enfrente el singular monolito en piedra arenisca
denominado Roca Pintada, decidiendo efectuar la
parada correspondiente para almorzar justo donde
está el cartel anunciador de este paisaje, sumamente
importante como refugio durante la migración de las
aves acuáticas.
No vamos a entrar en
detalles geológicos, pero sí señalar que estamos
caminando por el anticlinal Barbastro-Balaguer con
formaciones de arenisca, yesos y arcillas que
estratigráficamente conforman el llamado período
Oligoceno y que fue modelando de un modo especial el
entorno que divisamos.
Continuamos por más
pistas y en algún tramo campo a través compartiendo
ruta con jóvenes sobre cabalgaduras moteras todo
terreno. Está nublado desde que hemos salido y la
temperatura es algo fría. Visitamos exteriormente la
ermita de Santa Ana, no hace muchos años restaurada
en una intervención de emergencia, ubicada en la
desaparecida aldea del Solané, en un entorno muy
agradable con muchos olivos en terrazas y abarcando
desde su explanada sureña una amplia panorámica.
Tras el descanso y a muy pocos metros visitamos el
curioso refugio-pesebre excavado en la roca.
Sin prisa reiniciamos
la marcha en dirección norte para cubrir el trayecto
que nos separa de Rocafort, no sin antes habernos
reagrupado en un punto desde el que es visible la
cima nevada del Turbón, el Castillo de Momegastre
(La Mora) y a la izquierda el Pueyo de Barbastro con
el fondo serrano desde Guara a Gratal. Más a la
derecha divisamos el caserío de Alcampell.
Llegados a Rocafort
efectuamos una detenida visita a esta arruinada
aldea por el único vial transitable. El aspecto que
ofrece es como si hubiera sido bombardeado. Todo
ruina por doquier. Llegamos a la seca balsa desde la
que contemplamos la iglesia y el imponente litonero
que en verano sigue dando sombra a la portada de su
arruinada parroquial, en la que todavía es posible
contemplar en su interior, su bien construida nave
cubierta con bóveda de lunetos y sin dejar de mirar
donde pisas, para no caer en las levantadas
sepulturas que jalonan el suelo. Nos vamos con el
alma encogida pensando que en el censo de 1.960
todavía quedaban 7 viviendas habitadas por una
población de 32 habitantes (18 varones y 14
mujeres).
Subimos a comer a la
cercana ermita de la Virgen de la Guardia desde la
que también hay una buena panorámica y buen cierzo,
pero sale por fin el sol y otra cosa es comer
acariciados por sus rayos. Buscamos acomodo en su
fachada sur a resguardo del viento y tras breve
sobremesa continuamos ruta pasando por el bien
cercado cementerio (desde la verja de su puerta se
aprecian nichos fechados en los últimos años del S.
XIX). Accedemos a la parte superior del talud y
desde allí siguiendo el “rastro” de las motos todo
terreno accedemos a la destruida aldea de Pelegriñón.
Se halla en las
mismas circunstancias que las descritas para
Rocafort. Llama la atención la ubicación de lo que
fueron viviendas al amparo de la roca y en la que
desde tiempos pretéritos se excavaron cuevas que
debieron servir para usos varios. Su apartada
iglesia está muy deteriorada y cualquier día se
viene abajo a juzgar por las grandes grietas de sus
paramentos. En el mencionado censo de 1.960 había 11
habitantes -no especifica sexos ni viviendas
habitadas-.
Bajamos al barranco y
por el curso del mismo, dirección sur, desembocamos
en la pista y ya a la vista de la pequeña y remozada
ermita de Santa Ana, a la que también accedemos y en
los minutos que permanecemos junto a su pequeña y
restaurada fábrica, poder contemplar nuevamente la
amplia panorámica sobre el verdor de los campos de
cultivo.
Los poco más de
cuatro kilómetros que nos separan de San Esteban los
hacemos tranquilamente y más cuando nos topamos con
el gran barrizal que supone el camino al que se está
recebando con escombros. Resultan penosos los
centímetros de barro adheridos a nuestras botas,
pero no pasa nada puesto que ya estamos
acostumbrados a lo largo de los años recorriendo
caminos.
En la cercanía de San
Esteban se oyen los inconfundibles sonidos emitidos
en un partido de fútbol (luego nos enteramos que
jugaban los de casa “contra” el equipo de Graus).
Aun hacemos fotos al desvencijado horno de yeso y ya
entrados en la villa recorremos pausadamente sus
calles, puesto que hay muchas y gratas cosas que ver
y aun cuando vamos bien de tiempo, no lo podemos ver
todo por lo que habremos de volver en visita
turística para empaparnos de las bellezas
arquitectónicas que encierra su casco urbano y los
aljibes de su entorno -alchups- excavados en la
roca.
Dieciocho kilómetros
de grato recorrido con unos desniveles acumulados de
400 metros tanto de subida como de bajada. |