TRAVESÍA Nº 401 - 31/01/2010 - LA LITERA

SAN ESTEBAN DE LITERA – ESTANY DE QUERALTÓ – ERMITA DE SANTA ANA – ROCAFORT – PELEGRIÑÓN – SAN ESTEBAN DE LITERA

 

POR LAS ARCILLAS, YESOS Y ARENISCAS DEL OLIGOCENO

 

 

UN INTERESANTE RECORRIDO POR TIERRAS DE LA LITERA

 La autovía a Lérida hace ya años que debería estar en total servicio, pero no obstante su demorada realización, agrada ver pasado Barbastro las obras que se están realizando en las inmediaciones de  Binéfar, localidad por la que necesariamente debemos pasar para llegar a San Esteban de Litera, punto de salida y regreso de la travesía que nos disponemos a realizar en este frío y último domingo de Enero.

Pasados algunos minutos de las nueve de la mañana y ya con las mochilas a cuestas por las calles de San Esteban, parece que toda la población está dormida por cuanto no se oye nada ni se ve a nadie, salvo a una señora con un niño. Cruzamos la carretera que asciende hacia Azanuy y por terroso camino que pasa por el “Cortijo de los mimbrales” vamos avanzando a buen paso vigilados por la Sierra de las Forcas, excepto cuando atravesamos su atrincherado tramo en el que se están depositando escombros para igualar la maltrecha plataforma. Desde una arruinada casa al final de la hendidura se puede hacer una foto en la que aparece San Esteban, el Pueyo de Barbastro y la Sierra de Gratal.

No hay indicadores de ningún tipo por la ruta que llevamos, lógicamente reconocida  hace poco más de un año. Así es como llegamos al barranco Segarra y tras caminar un corto trecho por su pedregoso y seco cauce, seguimos avanzando por embarrada pista hasta acceder al paraje del Estany de Queraltó y con aparente menor cantidad de agua en la balsa, de acuerdo a como la vimos en anterior ocasión. Prácticamente tenemos enfrente el singular monolito en piedra arenisca denominado Roca Pintada, decidiendo efectuar la parada correspondiente para almorzar justo donde está el cartel anunciador de este paisaje, sumamente importante como refugio durante la migración de las aves acuáticas.

No vamos a entrar en detalles geológicos, pero sí señalar que estamos caminando por el anticlinal Barbastro-Balaguer con formaciones de arenisca, yesos y arcillas que estratigráficamente conforman el llamado período Oligoceno y que fue modelando de un modo especial el entorno que divisamos.

Continuamos por más pistas y en algún tramo campo a través compartiendo ruta con jóvenes sobre cabalgaduras moteras todo terreno. Está nublado desde que hemos salido y la temperatura es algo fría. Visitamos exteriormente la ermita de Santa Ana, no hace muchos años restaurada en una intervención de emergencia, ubicada en la desaparecida aldea del Solané, en un entorno muy agradable con muchos olivos en terrazas y abarcando desde su explanada sureña una amplia panorámica. Tras el descanso y a muy pocos metros visitamos el curioso refugio-pesebre excavado en la roca.

Sin prisa reiniciamos la marcha en dirección norte para cubrir el trayecto que nos separa de Rocafort, no sin antes habernos reagrupado en un punto desde el que es visible la cima nevada del Turbón, el Castillo de Momegastre  (La Mora) y a la izquierda el Pueyo de Barbastro con el fondo serrano desde Guara a Gratal. Más a la derecha divisamos el caserío de Alcampell.

Llegados a Rocafort efectuamos una detenida visita a esta arruinada aldea por el único vial transitable. El aspecto que ofrece es como si hubiera sido bombardeado. Todo ruina por doquier. Llegamos a la seca balsa desde la que contemplamos la iglesia y el imponente litonero que en verano sigue dando sombra a la portada de su arruinada parroquial, en la que todavía es posible contemplar en su interior, su bien construida nave cubierta con bóveda de lunetos y sin dejar de mirar donde pisas, para no caer en las levantadas sepulturas que jalonan el suelo. Nos vamos con el alma encogida pensando que en el censo de 1.960 todavía quedaban 7 viviendas habitadas por una población de 32 habitantes (18 varones y 14 mujeres).

Subimos a comer a la cercana ermita de la Virgen de la Guardia desde la que también hay una buena panorámica y buen cierzo, pero sale por fin el sol y otra cosa es comer acariciados por sus rayos. Buscamos acomodo en su fachada sur a resguardo del viento y tras breve sobremesa continuamos ruta pasando por el bien cercado cementerio (desde la verja de su puerta se aprecian nichos fechados en los últimos años del S. XIX). Accedemos a la parte superior del talud y desde allí siguiendo el “rastro” de las motos todo terreno accedemos a la destruida aldea de Pelegriñón.

Se halla en las mismas circunstancias que las descritas para Rocafort. Llama la atención la ubicación de lo que fueron viviendas al amparo de la roca y en la que desde tiempos pretéritos se excavaron cuevas que debieron servir para usos varios. Su apartada iglesia está muy deteriorada y cualquier día se viene abajo a juzgar por las grandes grietas de sus paramentos. En el mencionado censo de 1.960 había 11 habitantes -no especifica sexos ni viviendas habitadas-.

Bajamos al barranco y por el curso del mismo, dirección sur, desembocamos en la pista y ya a la vista de la pequeña y remozada ermita de Santa Ana, a la que también accedemos y en los minutos que permanecemos junto a su pequeña y restaurada fábrica, poder contemplar nuevamente la amplia panorámica sobre el verdor de los campos de cultivo.

Los poco más de cuatro kilómetros que nos separan de San Esteban los hacemos tranquilamente y más cuando nos topamos con el gran barrizal que supone el camino al que se está recebando con escombros. Resultan penosos los centímetros de barro adheridos a nuestras botas, pero no pasa nada puesto que ya estamos acostumbrados a lo largo de los años recorriendo caminos.

En la cercanía de San Esteban se oyen los inconfundibles sonidos emitidos en un partido de fútbol (luego nos enteramos que jugaban los de casa “contra” el equipo de Graus). Aun hacemos fotos al desvencijado horno de yeso y ya entrados en la villa recorremos pausadamente sus calles, puesto que hay muchas y gratas cosas que ver y aun cuando vamos bien de tiempo, no lo podemos ver todo por lo que habremos de volver en visita turística para empaparnos de las bellezas arquitectónicas que encierra su casco urbano y los aljibes de su entorno -alchups- excavados en la roca.

Dieciocho kilómetros de grato recorrido con unos desniveles acumulados de 400 metros tanto de subida como de bajada.