6 de Junio de 2010 - Pico Ger

Pico a Pico… sin pico. Vuelta por el Pico Ger (2.613 m)


Aunque el pronóstico meteorológico era francamente malo, el pico Ger había levantado gran expectación y 46 personas se habían apuntado a la excursión. Estaba previsto realizar La Vuelta al Pico Ger en Gourette, en la vertiente francesa del Pirineo, una bonita ascensión en unas montañas poco conocidas por la mayoría de nosotros.
En vista de tan numerosa afluencia y tan mal tiempo pronosticado, decidí hacer el recorrido completo el sábado para memorizar el itinerario en caso de que hubiera poca visibilidad, y con un día extraordinario ascendí sin problemas a esta hermosa cumbre gala completando la vuelta programada.
El domingo, a las seis de la mañana, tal como estaba planeado, nos reunimos todos en la Estación intermodal donde nos esperaba nuestro autobús. Bueno, todos no porque hubo seis bajas de última hora, y es que la tormenta de por la noche no hizo más que confirmar el mal pronóstico del tiempo.
Pasamos lista antes de marchar y así dimos tiempo a que llegasen los últimos, jadeando, cuando ya estaban cerradas las puertas del autobús.
Muchas caras nuevas y jóvenes en el grupo, parece que el futuro está asegurado.
Durante el viaje el cielo aparecía parcialmente nuboso y el Pirineo bastante despejado a pesar de que algunas nubes algodonosas se asomaban por el norte. Bastante animados nos fuimos acercando a Gourette.
Al pie de Tourmalete una densa niebla cubría el paisaje pero, recordando lo despejadas que estaban las montañas, todos estábamos convencidos de que al llegar a la estación nos recibiría el sol.

 


Llegamos a la estación de esquí de Gourette y la densa niebla apenas dejaba ver unos pocos metros. “No hay problema, auguramos los más expertos, a poco que subamos unos metros, seguro que tenemos el sol.”
Casi a tientas comenzamos a subir por el laberinto de pistas y remontes en dirección a no se sabía muy bien dónde. Nada más empezar y en vista de lo poco que se veía, decidimos (quiero decir, decidí) renunciar a dar la vuelta. Si conseguíamos encontrar el camino por la vía normal de las pistas podríamos estar bien contentos, y si realmente llegaba a despejarse, ya daríamos la vuelta al revés. Y seguimos subiendo entre la densa niebla. A pesar de la referencia de los remontes, tuve que comprobar un par de veces nuestra situación conectando el GPS de la BlackBerry al Gougle Maps y corregir nuestra trayectoria porque tendíamos a ir demasiado a la izquierda. No es que hubiera peligro de perdernos pero teníamos que encontrar el pequeño valle de Pla de Segouné por donde se accede al collado que lleva a la vertiente sur de la montaña, rodeando al Rognon de Ger.
Cuando llevábamos más de 900 metros de desnivel ascendidos en busca del sol que parecía no haber salido ese día, decidimos detenernos a echar un tente-en-pie en una rocas que asomaban entre la nieve. Y mientras almorzábamos la niebla se disipó, aparecieron las montañas e incluso hasta nos dio un poco el sol. Algunas, muy animadas ellas, sacaron las cremas solares y se embadurnaron la cara y los brazos. Estábamos muy altos y no quedaba tanto para la cima, solo bajar al Pla y alcanzar el collado que separa el Amoulat del Rognon para subir al Ger desde el sur, quizás una hora y media más. Frente a nosotros aparecieron las paredes calizas que, verticales, caen desde las cimas del Ger formando una muralla que limita al valle al oeste.
Nada más reemprender la marcha, mientras llegábamos a Segouné donde apenas se veían entre la nieve dos pequeños ibones, comenzó a soplar un fuerte viento desde el Amoulat y una negra, negrísima, nube se nos echó encima y, sin tiempo para reaccionar, comenzó a granizar y a llover, todo acompañado de rayos y truenos. Un espectáculo de la naturaleza que nos dejó empapados mientras buscábamos los chubasqueros para protegernos. Las paredes del Rognon y del Ger se llenaron de torrentes y cascadas y sin dudarlo ni un momento decidimos que la excursión se había terminado y que tendríamos que venir otro día al Ger.
Ya sin niebla, bajamos por un sendero que evita las siempre antipáticas pistas y además va algo separado de ellas por lo que hasta te puedes hacer la ilusión de que no están (qué ilusión más tonta, las pistas excavadas en la montaña son como heridas sin cicatrizar que han supurado una urbanización en la base, lamentable).

 


Cuatro horas más tarde llegamos al autobús. El tiempo seguía parecido de malo y la niebla había vuelto a cubrir el paisaje. Después de cambiarnos de ropa y tomar unos cafés, emprendimos el regreso.
Sin que sirva de precedente, llegamos pronto a casa … y sin pico.

Lorenzo Ortas