2005; EL BARUNTSE 25 AÑOS DESPUÉS

     
             
         
   

Han pasado muchos años desde que visitamos por primera vez aquel lejano país, Nepal, y sus hermosa montañas, pero las sensaciones y los recuerdos se mantienen frescos y vivos en mi memoria.

Aquel fue un viaje iniciático, un continuo descubrimiento. Después de la expedición al Baruntse he estado en Nepal en varias ocasiones, todas ellas muy gratificantes, pero ya no he vuelto a sentir aquel “no sé qué” de la primera vez.

Nuestra única experiencia se reducía a una expedición a los Andes del Perú y cuando Pepe Díaz nos propuso a Javier Escartín y a mí, participar en una expedición al Himalaya, enseguida abandonamos nuestro proyecto de atravesar Groenladia con esquís y nos comprometimos de lleno en esta expedición.

Una semana antes que el resto del grupo, Carlos Buhler y yo viajamos a Katmandú para agilizar los trámites burocráticos y los preparativos de la expedición. Afortunadamente nuestras cargas, que habían viajado en barco a la India, estaban retenidas en Bombay y durante quince días pudimos ver y empaparnos de la vida de Katmandú. ¡Qué recuerdos tan buenos! Dormíamos en un hotelucho donde nunca nos hicieron la cama y donde tampoco recuerdo que nos cambiasen las sábanas en los quince días. Desde la cama nos entreteníamos en tirarles las zapatillas a las salamanquesas que se paseaban por las paredes. Pero los desayunos de yogurt con “crispis” y tortilla con mermelada, sentados en el jardín del hotel, no se me olvidarán nunca. Y los “pies” de chocolate que tomábamos en la Durbar Square tampoco.

Tras el desayuno montábamos en unas viejas bicicletas alquiladas y visitábamos la agencia a preguntar por las cargas. Después de algunas llamadas y de confirmar que todavía no habían salido del puerto indio, continuábamos con nuestras excursiones cotidianas, Patan, Bhadgaon, Swayambhunath, Bodhnath, … En  Pasupatinath vimos por primera vez quemar a los muertos y durante el resto del día todo nos olió a carne quemada.

   
   
   

En la cima del Baruntse

El equipo expedicionario Mané Blanchard,Carlos Buhler, Lorenzo Ortas, Jerónimo López, J.R. Morandeira, Lalo Prado, Javier Escartín y Pepe Díaz

   
         
   

En otra ocasión Carlos conoció a unas neocelandesas muy simpáticas (por lo menos se reían mucho) y las invitó a cenar pero unas décimas de fiebre le impidieron acudir a la cita así que me encargó a mí atender a las chicas. El único problema era que yo no hablaba ni una palabra de inglés y estuvimos toda la cena sonriendo como unos estúpidos a cada comentario que hacíamos pero si entender nada de lo que ellas a mí me decían ni nada de lo que yo a ellas les decía. Solo al final de la cena no sé cómo descubrí que una de ellas hablaba algo de francés y por fin pudimos mantener una elemental conversación. Entonces aprendí que con los ingleses era mejor entenderse en francés y con los franceses en inglés.  

Cuando llegó el resto del grupo, volvimos a visitar cada rincón de la ciudad y alrededores  para guiar a nuestros compañeros.

Al final ya estábamos saturados de Katmandú e hizo falta enfadarse y montar una bronca en la agencia para que nuestros bultos se desbloqueasen y llegaran por fin al aeropuerto. La otra odisea fue sacarlos de la aduana. Trámites, papeles, sellos y más trámites. Recuerdo que como yo no hablaba inglés ni para ir a cenar con unas chicas, fui el encargado de rescatar de la aduana lo más complicado, los walqui-talkis. Aquel funcionario no hacía más que preguntar y preguntar y yo cada vez ponía más cara de bobo así que al final, medio desesperado, me dio los aparatos sin más problemas.

Durante cuatro días estuvimos en el aeropuerto esperando buenas condiciones para volar hacia Thumlingtar donde comenzaba la marcha de aproximación. Siempre hacía viento y nosotros estábamos convencidos de que no querían volar. Al cuarto día, ya desesperados, sobornamos al piloto con una botella de wisqui y por fin partimos hacia nuestro destino. Pero lo del viento era verdad y no recuerdo haber pasado tanto miedo en un avión, yo creo que hasta el piloto iba rezando. Realmente las condiciones no eran buenas y el avión no pudo regresar a Katmandu.

En Thumlingtar nos estaban esperando una multitud de porteadores. Aquello nos volvió a impresionar. Entre ellos había muchas mujeres y niños. Muchos de ellos iban descalzos y portaban enormes cuchillos que les daban un aspecto feroz, era el famoso khukhuri o cuchillo gurka que emplean para todo, para afeitarse, cortarse las uñas, matar una oveja  o hacer leña. Después de pasar varios días con ellos llegamos a la conclusión de que no eran tan fieros como parecían, todo lo contrario, eran gente encantadora, y que nunca podrían sobrevivir sin el khukhuri.

   
   
   

El dios Machendra

Cruzando por un puente colgante

   
   

La marcha de aproximación al campo base del Baruntse, en el glaciar de Barun, al pie del Makalu, es una de las aproximaciones más interesantes de Nepal. Se parte de una altura de 700 metros y durante doce días se van recorriendo valles y montañas, comenzando por campos de arroz donde habitan los tamiles se va ganando altura poco a poco mientras el paisaje se torna más montañoso. A los bosques tropicales donde abundan  grandes y hermosas mariposas y donde también abundan las sanguijuelas que tanta repulsa nos causaban, les seguían los bosques de altura con rododendros arbóreos de grandes flores blancas y rojas y después la alta montaña y las primeras nieves. En  el paso del Barun-la, a más de cuatro mil metros de altura, los porteadores nos dieron una lección de pundonor al atravesar este collado de nieves perpetuas en medio de una fuerte ventisca. Muchos de ellos iban descalzos y tapados por unos harapos que nos hacían sentir avergüenza de nuestros estupendos equipos de altura.

Así fue como conocimos a los sherpas a los que desde entonces admiramos y respetamos. Y a las sherpanis, aquellas jovencitas, y otras no tan jóvenes, que porteaban sus treinta kilos igual que los hombres, descalzas y con una sonrisa permanente.

Lhakpa Dorgee y Pasang eran sherpas y además nuestros porteadores de altura. Lhakpa ya había escalado el Everest con una expedición canadiense y se le veía una persona muy preparada como así lo demostró a lo largo de la expedición. (Con Lhakpa nos unió desde entonces una gran amistad, acompañó a Carlos Buhler en muchas de sus expediciones, fue nuestro sirdar cuando fuimos al Everest en 1.989 y, cuando volvimos en 1.991 por Khumbu, estuvimos visitándolo en su casa y conociendo a su familia) Sin embargo Pasang no tenía ninguna experiencia en altura, aunque esto lo descubrimos en plena escalada al Baruntse, además no hablaba nada de inglés así que era muy difícil relacionarte con él, pero siempre se mostró muy voluntarioso y nunca eludió ningún trabajo. La primera vez que Pasang subió cargas por las cuerdas del muro de hielo, al llegar a lo alto de este muro de trescientos metros de hielo duro como yo no lo he vuelto a encontrar en ninguna otra parte, nos preguntó cómo había que bajar de allí. Nos quedamos estupefactos, resulta que no sabía cómo se hacía un rápel y hubo que darle un cursillo acelerado allí mismo para que pudiese bajar. Otro día, como el hombre descendía muy lentamente, se le hizo de noche y no llegó al campamento. Después de estar toda la noche preocupados y si poder dormir creyendo que se habría despeñado por el otro lado de la cresta, al amanecer lo vimos descender lentamente por las cuerdas fijas. Había pasado la noche acurrucado en las rocas, a más de seis mil metros, abrigado con un simple rompevientos de nylon.

   
   
   

Nuestra estancia en la montaña también está muy viva en mi memoria. Lo primero que recuerdo es lo insignificantes que nos sentíamos en medio de la morrena del glaciar Barun, completamente solos y rodeados de las montañas más altas de la Tierra, el Makalu, impresionante con su afilado y rectilíneo Pilar Oeste situado justo enfrente de nosotros, el Lhotse y su gran cara sur de rocas negras, inmensa e imposible, que ocultaba al Everest que habíamos podido ver durante la marcha de aproximación, y el Baruntse, nuestra humilde montaña que a nosotros nos parecía también muy grande, no en balde tenía más de siete mil metros, nuestro primer siete mil.

Poco a poco fuimos descubriendo el camino por donde queríamos escalar la montaña, sus muros de hielo, sus aristas, sus secretos. Trabajando en equipo fuimos realizando nuestra escalada, bastante más difícil de lo que esperábamos  pero por eso muy gratificante. Y cada día éramos conscientes de nuestras posibilidades como escaladores de altura y soñábamos con nuevas escaladas en las montañas más altas.

Cuando el 27 de abril llegamos a la cumbre, la alegría fue tremenda y todos lloramos de emoción, había comenzado una de las etapas más importantes de nuestra vida alpinística.

 
 
 

El Baruntse desde el glaciar camino del Campo II

 

MAS FOTOS

 

Relato año 2005: "El Baruntse hace 25 años"

 

Ficha de la expedición

LORENZO ORTAS