28 DE OCTUBRE DE 2007.
TRAVESÍA Nº 378.
NOCTURNA POR
LA HOYA DE HUESCA
DE PASO POR HUESCA EN LA NOCTURNA
En
“Paso a Paso” y a lo largo de los años hemos venido
haciendo bastantes excursiones nocturnas, normalmente
realizadas en los meses primaverales. La última este
mismo año en el pasado Abril por caminos adyacentes a la
Sierra de Arbe en territorios del Somontano de Barbastro
y Sobrarbe. En esta ocasión también programamos realizar
otra otoñal por la Hoya de Huesca para hacer una “parada
técnica” en los locales de nuestro emblemático club PEÑA
GUARA, coincidiendo con el 75 aniversario que estamos
celebrando.
En los primeros minutos del recién
estrenado último domingo de Octubre nos encontramos
transitando por las bien cuidadas e iluminadas calles de
Lupiñén -localidad que merece una detenida visita- y
junto a su parroquial de San Martín nos despedimos de
los tres amigos que por diversas razones no pueden
realizar la travesía con nosotros pero que con sus
vehículos nos han transportado hasta su inicio.
Emprendemos la marcha bien abrigados frente a la baja
temperatura ambiente y con una elevada luminosidad
propiciada por el resplandor y posición de la Luna en un
cielo carente de nubosidad. No menos elevado es el ánimo
e ilusión de cuantos participamos en esta nueva y grata
experiencia.
Casi sin darnos cuenta pasamos junto
al Castillo de Campiés, comentando por la posición de
las luminarias, la situación de las diferentes
poblaciones ubicadas a pie de sierra. A nuestra derecha
las luces rojas de situación en lo alto de los
aerogeneradores. Cuando cruzamos el puente del río Sotón
la temperatura es de tres grados... sobre cero.
Caminamos a buen ritmo y lógicamente agrupados por este
ancho camino flanqueado por hectáreas de cultivos que
parecen recién sembrados a juzgar por lo suelta que está
su tierra y las marcas de tractores y aperos. Árboles
hay muy pocos pero ladridos de perro a montón,
provenientes de las distintas explotaciones
agropecuarias que jalonan el recorrido por estas
llanuras.
Nos encontramos ya a pocos metros del
Castillo de Torresecas accediendo hasta su puerta de
entrada y cercado del s. XVII, haciendo una parada para
tomar un tentempié con café caliente “de alforja”.
Entretanto contemplamos su estructura de torre donjón,
la espadaña de la iglesia –levantada sobre los cimientos
de otra románica- y por supuesto las casas, naves y
edificios de apoyo que componen esta señera explotación.
El destrozado pluviómetro ya no puede marcar nada, pero
en cambio el anemómetro todavía sigue girando silencioso
por la brisa que le hace compañía y que nos está
enfriando las manos.
Continuamos en dirección a Casa Molera
y la iluminación parece que va en aumento. Prácticamente
no hacemos casi sombra en el camino puesto que tenemos a
nuestro satélite por encima de nuestras engorradas
cabezas. Hasta los cables de los tendidos eléctricos
proyectan sombra. ¿Estrellas? Todas las que deja ver la
Luna, pero es que además cuando estamos en el alfoz de
Banariés aparece una luz como si de una gran farola
lejana se tratara y que según “nuestros expertos” es
Venus. En Banariés hay suficiente iluminación eléctrica
pero se aprecian, aun de noche, bastantes carencias en
su infraestructura, que no vamos a enumerar, y que
delatan el semiabandono en que se encuentra por parte de
su ayuntamiento matriz.
Para ir hacia Loreto atravesamos
algunos predios por una bonita senda flanqueada de alta
vegetación hasta llegar al elevado puente que cruza la
nueva variante ferroviaria y continuar por buen camino
hasta la explanada del Monasterio. Las luces de Huesca a
sólo tres kilómetros. Nuevo alto junto al crucero para
tomar algo y posterior parada, ya camino de la capital,
para depositar la consabida piedra junto al preciso
lugar en el que según la tradición, esperaba Santa
Paciencia el regreso desde Huesca de su hijo Lorenzo. A
nuestro paso parece que se han despertado todos los
perros de la conocida guardería y sus ladridos continúan
incluso pasado el túnel bajo la autovía.
Estamos en Huesca dirigiendo ya
nuestro caminar hacia la sede de Peña Guara. Allí nos
esperan Pili y José –gracias de nuevo- con suculentos
dulces caseros preparados por ellos mismos y bebidas
calientes de varios tipos. Como vamos muy bien de tiempo
permanecemos aquí por espacio de una hora, precisamente
la que “de propina” nos encontramos con motivo del
cambio de hora. Continuamos por las distintas calles
contemplando en algunas el bullicio juvenil y el
patrullar de los agentes encargados de mantener el
orden, cuando algunos gallos ya cantan en las chabolas
de las Mártires. Dejado atrás el bronco sonido de las
discotecas en la zona industrial, nos adentramos de
nuevo en el silencio de la noche que cubre el asfaltado
camino hacia Quicena, desechando el que nos hubiera
llevado por el cercano del acueducto.
Silencio total cuando atravesamos el
pueblo por su exterior en dirección al castillo de
Montearagón. El horizonte está cambiando de color en esa
maravillosa rutina que depara cada día nuevo que
amanece. Subiendo al castillo por la carretera nos vamos
dando cuenta de que ya no proyectamos tanta sombra por
la Luna y en cuestión de pocos minutos no sabes qué luz
exactamente es la que te alumbra. En la torre albarrana
ya es la del amanecer. Volvemos sobre nuestros pasos
para dirigirnos a la colindante colina, hacia el Este,
al objeto de poder fotografiar el castillo con la luna
“posada” sobre la cimera de los vetustos muros cargados
de historia. Aquí permanecemos esperando bien abrigados
algunos minutos y... puntual a la cita –7,30 de la
mañana- va apareciendo el disco solar de un intenso
color amarillo-rojizo, imposible de mirar en algunos
segundos, cuando rebasa el horizonte en la Sierra de La
Carrodilla y el pico Buñero. Más fotos a la fortaleza
tenuemente soleada mientras se van apagando las luces de
los muchos lugares que desde esta atalaya se divisan.
Ya no tenemos nada más que hacer aquí,
o sea que a bajar se ha dicho. Ahora sí que pasamos por
la calle y plazas centrales de Quicena, en voz baja para
no despertar, aunque ya se encargan los perros de
anunciar nuestra presencia. En el Hotel Montearagón ya
tenemos la mesa puesta y con su buen servicio y
estupenda cocina, degustamos satisfactoriamente el
encargado almuerzo a base de huevos fritos con jamón y
alargadas patatas también fritas, cafés, etc. En animada
tertulia y pasadas las diez de la mañana abandonamos
este acreditado establecimiento, con una mañana
pletórica de sol y andando de nuevo hasta nuestros
respectivos domicilios para “bajar” lo ingerido, dando
por finalizada esta hermosa travesía. En total unos
treinta y cinco kilómetros. Misión cumplida. Ahora a
descansar unas horas.