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Después de unos días de meteorología fría y desapacible, el domingo
amaneció con un día despejado y radiante. Y con ese tiempo tan
agradable, el madrugón fue mucho más llevadero y cogimos la
excursión, si puede ser, con más ilusión y ganas.
Las ocho y media de la mañana y estábamos todos, treinta y uno en esta
ocasión, en el aparcamiento de las pistas de Panticosa, preparando
las mochilas y dispuestos a comenzar la caminata.
Con decisión y sin dudar, no hicimos caso del cartel indicador y
cruzamos el puente emprendiendo el camino hacia el Mandilar. Victor
hubiera gritado “¡¡ Que no es por allí!!” Efectivamente, nos
habíamos equivocado y pocos metros después de comenzar, nos damos
cuenta del error y reemprendemos el camino correcto para ir a la
Ripera sin subir a las pistas.
El sendero, muy bien señalizado, recorre al principio una zona de bosque
y matorral que enseguida da paso a los prados donde ya pastaban
numerosas vacas, terminando en la Ripera hasta donde también llega
una pista forestal.
La Ripera es un magnífico circo formado por suaves pendientes de prados
alpinos que está cerrado al sur por una de las murallas rocosas más
impresionantes del Pirineo, son las paredes nortes del pico de la
Ripera y Peña Forato, paredes de casi mil metros de altura que dan
al lugar un aspecto sobrecogedor.
Desde la Ripera nos dirigimos al collado de Tendeñera que separa este
circo del valle de Otal, ya en las inmediaciones de Bujaruelo. Una
senda escala la pendiente, herbosa al principio y rocosa después,
que cierra el circo por el este y lleva a un valle suspendido debajo
del collado. Una cascada característica adorna este contrafuerte que
de lejos parece inaccesible.
Poco a poco, con el acostumbrado paso cansino de Javier, fuimos ganando
metros de desnivel sin apenas darnos cuenta y casi a dos mil metros
de altura llegamos a los primeros neveros. La cumbre de Tendeñera
parecía cercana a pesar de que todavía nos separaban de ella casi
ochocientos metros de desnivel. Aunque la nieve estaba blanda, ya
era más de mediodía cuando llegamos al collado, por aquello de la
seguridad y aprovechando que así pesaba menos la mochila, nos
colocamos los crampones para seguir progresando por estas amables
pendientes que poco a poco nos llevaban hacia la cima. Un voluntario
se tomó el trabajo de abrir huella, gracias voluntario, y todos
fuimos poco a poco escalando los neveros hacia la cresta somital.
A pesar de que el cielo se había ido cubriendo de nubes, la vista cada
vez era más amplia y bonita, desde el macizo de Telera al oeste,
pasando por los Infiernos, Argualas, Garmonegro y Gran Facha al
norte y la siempre impresionante mole del Vignemale frente a
nosotros. Y al este las nevadas cumbres del macizo de Monte Perdido
y el valle de Ordesa que parecía una tremenda hendidura hecha en el
paisaje.
Cuando llegamos a lo alto de la cresta, al sur se amplió la vista hacia
las sierras exteriores, Guara, Peña Montañesa, Oroel,… y los verdes
valles que surgiendo de las montañas donde nos encontrábamos y se
dirigen hacia Cotefablo. Todo un premio al esfuerzo de superar los
más de mil seiscientos metros de desnivel, y más de seis horas y
media de caminata, para llegar a la cima de Tendeñera, un magnífico
mirador del Pirineo.
En la pequeña cima descansamos un rato mientras fotografiamos todo a
nuestro alrededor en un vano intento de retener las sensaciones y
disfrutamos de la vista y del bocadillo, que hay que atender a todas
las necesidades. Y, como siempre, ya estábamos hablando de la
próxima excursión del Pico a Pico, que a qué hora saldremos, que si
es muy difícil la ascensión, etc… etc….
Descendimos hacia el sur, por el valle que nace entre Tendeñera y el
Pico de Otal. Neveros y canchales al principio y restos de antiguas
morrenas después y, enseguida prados, muy verdes en esta lluviosa
primavera, que eran un placer recorrerlos y un descanso a nuestros
cansados pies que ya llevaban casi diez horas encerrados en las
botas de montaña y estaban pidiendo un merecido descanso.
Pero todavía les quedaba un poco más de ejercicio porque había que
descender hasta Linás de Broto, todavía muy abajo, al final del
valle.
Por un idílico camino evitamos recorrer la siempre tediosa pista,
lástima que ya estábamos un poco cansados para apreciar la belleza
del lugar.
Al final, el cielo que había estado cubriéndose pero aguantando sin
llover, no pudo hacerlo más y nos refrescamos un poco mientras
llegábamos al autobús, once horas después de salir de Panticosa,
donde el sufrido chófer ya estaba aburrido de esperarnos. |
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