3 de junio de 2006 - Panticosa – Tendeñera (2.853 metros) – Linas de Broto

 
     
 

Después de unos días de meteorología fría y desapacible, el domingo amaneció con un día despejado y radiante. Y con ese tiempo tan agradable, el madrugón fue mucho más llevadero y cogimos la excursión, si puede ser, con más ilusión y ganas.

Las ocho y media de la mañana y estábamos todos, treinta y uno en esta ocasión, en el aparcamiento de las pistas de Panticosa, preparando las mochilas y dispuestos a comenzar la caminata.

Con decisión y sin dudar, no hicimos caso del cartel indicador y cruzamos el puente emprendiendo el camino hacia el Mandilar. Victor hubiera gritado “¡¡ Que no es por allí!!” Efectivamente, nos habíamos equivocado y pocos metros después de comenzar, nos damos cuenta del error y reemprendemos el camino correcto para ir a la Ripera sin subir a las pistas.

El sendero, muy bien señalizado, recorre al principio una zona de bosque y matorral que enseguida da paso a los prados donde ya pastaban numerosas vacas, terminando en la Ripera hasta donde también llega una pista forestal.

La Ripera es un magnífico circo formado por suaves pendientes de prados alpinos que está cerrado al sur por una de las murallas rocosas más impresionantes del Pirineo, son las paredes nortes del pico de la Ripera y Peña Forato, paredes de casi mil metros de altura que dan al lugar un aspecto sobrecogedor.

Desde la Ripera nos dirigimos al collado de Tendeñera que separa este circo del valle de Otal, ya en las inmediaciones de Bujaruelo. Una senda escala la pendiente, herbosa al principio y rocosa después, que cierra el circo por el este y lleva a un valle suspendido debajo del collado. Una cascada característica adorna este contrafuerte que de lejos parece inaccesible.

Poco a poco, con el acostumbrado paso cansino de Javier, fuimos ganando metros de desnivel sin apenas darnos cuenta y casi a dos mil metros de altura llegamos a los primeros neveros. La cumbre de Tendeñera parecía cercana a pesar de que todavía nos separaban de ella casi ochocientos metros de desnivel. Aunque la nieve estaba blanda, ya era más de mediodía cuando llegamos al collado, por aquello de la seguridad y aprovechando que así pesaba menos la mochila, nos colocamos los crampones para seguir progresando por estas amables pendientes que poco a poco nos llevaban hacia la cima. Un voluntario se tomó el trabajo de abrir huella, gracias voluntario, y todos fuimos poco a poco escalando los neveros hacia la cresta somital.

A pesar de que el cielo se había ido cubriendo de nubes, la vista cada vez era más amplia y bonita, desde el macizo de Telera al oeste, pasando por los Infiernos, Argualas, Garmonegro y Gran Facha al norte y la siempre impresionante mole del Vignemale frente a nosotros. Y al este las nevadas cumbres del macizo de Monte Perdido y el valle de Ordesa que parecía una tremenda hendidura hecha en el paisaje.

Cuando llegamos a lo alto de la cresta, al sur se amplió la vista hacia las sierras exteriores, Guara, Peña Montañesa, Oroel,… y los verdes valles que surgiendo de las montañas donde nos encontrábamos y se dirigen hacia Cotefablo. Todo un premio al esfuerzo de superar los más de mil seiscientos metros de desnivel, y más de seis horas y media de caminata, para llegar a la cima de Tendeñera, un magnífico mirador del Pirineo.

En la pequeña cima descansamos un rato mientras fotografiamos todo a nuestro alrededor en un vano intento de retener las sensaciones y disfrutamos de la vista y del bocadillo, que hay que atender a todas las necesidades. Y, como siempre, ya estábamos hablando de la próxima excursión del Pico a Pico, que a qué hora saldremos, que si es muy difícil la ascensión, etc… etc….

Descendimos hacia el sur, por el valle que nace entre Tendeñera y el Pico de Otal. Neveros y canchales al principio y restos de antiguas morrenas después y, enseguida prados, muy verdes en esta lluviosa primavera, que eran un placer recorrerlos y un descanso a nuestros cansados pies que ya llevaban casi diez horas encerrados en las botas de montaña y estaban pidiendo un merecido descanso.

Pero todavía les quedaba un poco más de ejercicio porque había que descender hasta Linás de Broto, todavía muy abajo, al final del valle.

Por un idílico camino evitamos recorrer la siempre tediosa pista, lástima que ya estábamos un poco cansados para apreciar la belleza del lugar.

Al final, el cielo que había estado cubriéndose pero aguantando sin llover, no pudo hacerlo más y nos refrescamos un poco mientras llegábamos al autobús, once horas después de salir de Panticosa, donde el sufrido chófer ya estaba aburrido de esperarnos.  
 
 
         
Llegamos a La Ripera y contemplamos la cara norte de Peña Forato.

El grupo en la cumbre de Tendeñera a 2.853 metros.

Llegamos a la cumbre de Tendeñera.

En el collado de Tendeñera encontramos la nieve. Al fondo, la cumbre.

Descendemos hacia Linas. Al fondo el macizo de Monte Perdido.