8 y 9 de Septiembre de 2007 - Picos  Tempestades (3.290 m) y Margálida (3.244 m)

 
     
 

A las cuatro de la mañana suena el despertador y nos levantamos sin pereza, casi podría decirse que con resignación, para preparar las mochilas y desayunar rápidamente. Hemos dormido en la Escuela de Montaña de Benasque y tomaremos el primer autobús, el de las cinco de la mañana, que nos llevará hasta Vallivierna.

Siguiendo el programa de Pico a Pico, hoy toca el macizo de las Maladetas. Queremos ascender al pico Tempestades y desde allí atravesar hasta la vecina cima del Margálida. El pronóstico del tiempo es muy bueno y solo esperamos que el calor no nos agobie demasiado.

Mientras el autobús va ascendiendo penosamente por la pista de Vallivierna, intentamos vanamente echar una cabezada pero no hay forma y cuando llegamos al final del trayecto, seguimos con el sueño intacto.

Comenzamos a caminar con la ayuda de las linternas, todavía son las seis de la mañana y casi queda una hora para que amanezca. No importa, el camino está perfectamente marcado y no hay posibilidad de perderse. La única pena es no poder disfrutar del paisaje, pero eso tendrá que ser a la vuelta.

Una hora y media más tarde llegamos a los ibones de Llosás, ya hace un rato que ha amanecido y hemos dejado abajo el bosque para llegar a los prados alpinos que a su vez, según vayamos ganando altura, serán sustituidos por los canchales en los que únicamente los líquenes y alguna pequeña flor son capaces de sobrevivir. Es la adaptación de la flora a las duras condiciones de la Alta Montaña.

Desde los ibones de Llosás ya podemos disfrutar de un magnífico paisaje. Se dibuja perfectamente el valle de Vallivierna que está jalonado por las cumbres de Vallivierna y Culebras al sureste y al norte, el cresterío que forma el Russel, el Margálida y el Tempestades que continúa hacia el Aneto y toda la cresta que forma el macizo de las Maladetas. Desde el ibón distinguimos la mole del Aneto, en esta época desnudo de nieve, y las crestas que desde él se desprenden dándole un aspecto de viejo coloso. Los canchales de la base de sus paredes dan un toque ruinoso al conjunto aunque si perder majestuosidad.

Seguimos los trazos de una senda que asciende sinuosamente hacia la cumbre del Tempestades que vemos sobre nosotros y que es la primera en recibir los rayos del sol. No hace mucho tiempo un nevero se mantenía perpetuamente a los pies de la cresta somital, pero el cambio climático es imparable y ahora, en esta época del año, la alta montaña se ha convertido en el reino de las rocas.

Vamos ascendiendo por el sendero que finalmente desaparece y solo los mojones y la intuición nos ayudan a seguir el mejor camino en este caos de rocas. Cerca de la cumbre las rocas se enderezan y hay que trepar en una escalada nunca difícil, para alcanzar la cumbre del pico Tempestades, a 3.290 metros de altura.

Desde lo más alto podemos ver hacia el oeste la cercana cumbre del Aneto donde distinguimos la cruz y algunas personas junto a ella. La panorámica es, como siempre, y hoy quizás más porque el día está clarísimo, magnífica. Nos entretenemos en identificar las cumbres, desde Guara, Monte Perdido y el Vignemale, hasta los Beciberris y el Comoloformo. El tiempo, a pesar de está despejado, está fresquillo y un ligero cierzo nos invita a buscar resguardo en las rocas de la cima.

Mientras nos hacemos las fotos de rigor, miramos la cresta que nos separa del Margálida intentando buscar el camino más fácil entre los brandes bloques.

El Margálida es una cumbre que se eleva en el cresterío que une al Russel con el Tempestades, justo en el punto donde desemboca la cresta de Salenques. Esta afilada cresta jalonada de grandes bloques y la cara norte que cae verticalmente doscientos metros hasta el viejo y agonizante glaciar de Tempestades le dan un aspecto inaccesible.

Aunque hoy no somos muchos, los últimos coletazos de las vacaciones han reducido nuestro grupo a veinte montañeros, tomamos todas las precauciones para recorrer la cresta, que aunque no es muy difícil, tiene tramos muy aéreos y algún trozo de roca descompuesta, siempre es complicada para un grupo tan numeroso.

Seguimos el filo de la cresta hasta que unos grandes bloques nos cortan el paso y nos obligan a franquearlos por la cara sur por unas viras de rocas descompuestas. Lentamente, ayudándonos los unos a los otros, vamos avanzando hacia la cima del Margálida. Casi al final de la cresta colocamos sesenta metros de cuerda fija que aseguran los últimos pasos difíciles hasta la cumbre.

Apenas cabemos los veinte en la aérea cima del Margálida, a 3.244 metros de altura. Mientras preparamos el descenso, descansamos y nos hacemos alguna foto. De nuevo las cuerdas fijas ayudan a destrepar y, sobre todo, permiten asegurar los pasos más difíciles en esta cresta tan aérea e inestable. El Margálida es una cumbre que sólo deben afrontar los montañeros que tengan experiencia que en este tipo de terreno de alta montaña. Hay que recordar que este año ya ha habido varios accidentes mortales en estas crestas que hoy recorremos.

El recorrido de la cresta nos ha llevado mucho tiempo, es el problema de los grupos numerosos, y no podemos entretenernos demasiado tomando el sol y descansando, el autobús de Vallivierna nos espera a las cuatro y media de la tarde y todavía tenemos que descender más de mil trescientos metros hasta el valle.

Lentamente, sin prisa pero sin pausa, vamos desandando el camino disfrutando del entorno. En Llosas nos echamos un tentempié (¿cómo vamos a pasar por aquí sin parar y contemplar este paisaje?) e incluso alguno se da un chapuzón.

A las cuatro y media llegan los primeros al autobús, pero nos tienen que esperar un poco porque los demás tardamos en llegar. A última hora, bien se vale,  Miguel se ha torcido un pie y ha tenido que bajar cojeando hasta abajo.

Han sido once horas de excursión en las que hemos podido disfrutar de estas magníficas montañas y de un día espléndido. Una vez más, GRACIAS a quien corresponda.

Lorenzo Ortas

 
 

Fotos de la excursión