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A menudo, los
que no conocen bien el mundo de la montaña creen que la mayor
motivación para llegar a una cumbre es disfrutar del paisaje. Pero
para muchos montañeros, la vista desde la cima no deja de ser un
aliciente más, y desde luego no el más importante. Hay otros motivos
y cada uno tiene los suyos, por ejemplo está el reto de hacer algo
difícil, el placer del esfuerzo, la satisfacción de realizar un
sueño o una ilusión, etc… Sólo estos otros placeres explican que el
pasado domingo volviéramos a casa satisfechos y contentos después de
una ascensión a través de la niebla.
El proyecto
de ascender al Collarada era tan viejo como la misma actividad del
Pico a Pico. Cada vez que mirábamos a la montaña desde los llanos de
Jaca, nos prometíamos que algún día había que subir. Pero los 14
kilómetros de la pista hasta La Trapa o los casi 1.900 metros de
desnivel desde Villanúa siempre nos disuadían y dejábamos la
ascensión para otra ocasión
Por fin nos
decidimos a incluir al Collarada en el programa de Pico a Pico de
este año, pero con el aliciente de combinarlo con una travesía.
Subiríamos desde Canfranc por el ibón de Ip y bajaríamos por La
Trapa hasta Villanúa.
Después de
una semana de lluvias y un pronóstico meteorológico bastante malo,
incluso con anuncio de tormentas, la convocatoria no tiene mucho
éxito y sólo diecisiete insensatos nos apuntamos a la ascensión,
dispuestos, eso sí, a mojarnos y a pasar un mal día de montaña.
Como estaba
previsto, a las cinco y media salimos de la Estación Intermodal en
medio de un gran ambiente de fiesta, parece que los invitados de una
boda no acaban de decidirse a ir a dormir. Nosotros nos vamos a lo
nuestro mientras ellos se quedan a lo suyo y cuando llegamos a
Canfranc ya son más de las seis y media de la mañana. Noche cerrada
y oscura, hemos parado en el puente de Santiago de donde parte el
camino, al principio coincidente con el Camino de Santiago, y en
seguida se desvía por un valle hacia el este, es el valle de Ip que
seguiremos hasta el ibón represado que hay en lo alto.
A la luz de
las linternas vamos ganando altura. Pasamos bajo la línea del tren
justo cuando pasa el Canfranero en dirección a Huesca. El breve paso
del tren (por cierto un tren breve también) da un poco de vida a
esta noche tan negra y es que, cuando amanece, vemos como una capa
de espesas nubes, que no presagian nada bueno, cubre el cielo y las
montañas de alrededor.
Pero no
importa, nosotros vamos hacia lo alto que cuando empiece a llover ya
nos bajaremos. Lo que sí tenemos claro es que con esta niebla no
vamos a poder subir al Collarada, y mucho menos, volver por Villanua
porque por esta bajada, con niebla y sin muchas referencias, lo más
probable es que nos perdamos.
El camino de
Canfranc al ibón de Ip va trepando por un viejo bosque de pinos y
abetos de troncos barbados de líquenes. A veces, los helechos de las
márgenes, reverdecidos por las lluvias de los últimos días, cierran
el paso. Además, la neblina que envuelve el ambiente crea una
atmósfera encantadora que nos hace disfrutar del paseo. Una capa de
niebla se ha quedado pegada al fondo del valle y otra capa más alta
cubre las montañas. A veces parece que quiere ponerse a llover y de
nuevo barajamos la posibilidad de darnos la vuelta, pero nadie se
decide, a fin de cuentas, también con este tiempo la montaña está
bonita.
Cuando
salimos del bosque, el valle se vuelve más llano y la senda
atraviesa los prados que un rebaño de cabras y ovejas pasta
plácidamente. Nuestra presencia turba la paz y el rebaño se disgrega
perdiéndose entre la niebla. Llegamos a un pequeño refugio ocupado
por unos excursionistas franceses. Si llueve no cabemos todos, así
que continuamos hacia el ibón de Ip donde hay otras construcciones
donde cobijarnos.
Al final
acabamos almorzando en el exterior porque los edificios del ibón
está cerrados, afortunadamente no acaba de decidirse a llover. Hace
tres horas que hemos salido de Canfranc y el cuerpo ya nos pedía un
reposo y un sustento.
Mientras
echamos un bocado dispuestos a regresar a Canfranc, parece que
quieren abrirse un poco las nubes y se despejan algunos
contrafuertes de la cara norte de Collarada.
¿Y si
vamos hasta la presa?
Cuando
estamos en la presa, ¿Y si vamos un poco
hacia el collado de Ip? Total, si llueve, ya nos daremos la vuelta.
Bordeamos el
ibón por el sur siguiendo unos mojones que llevan por el mejor
camino entre el caos de piedras. Al otro lado de un contrafuerte, el
camino sube directamente hacia el collado que está oculto entre la
niebla. Pero el camino se sigue bien, no hay problemas, así que
continuamos subiendo mientras la niebla se rompe y aparecen a
nuestra espalda, al otro lado del ibón que se ha quedado abajo, las
cumbres de la Pala de Ip y Punta Escarra. Incluso llegamos a pensar
que se va a despejar, pero cerca del collado vuelve a cerrase y ya
solo vemos niebla a nuestro alrededor. No es una niebla espesa y la
poca visibilidad nos permite seguir el camino sin dificultad.
Cuando
llegamos al collado de Ip, a 2.550 m., ya hemos decidido que vamos a
subir al pico y que vamos a viajar a Villanua. El tiempo parece que
se va a mantener y la niebla parece que no se va a espesar. Lástima
que no vamos a ver el paisaje, pero eso es lo de menos, así
tendremos motivos para volver.
Mientras
subimos los últimos metros, de nuevo se pone a llover, esta vez
parece que va en serio y nos ponemos los impermeables y sacamos los
paraguas pero de nuevo vuelve a parar.
Un marcado
camino entre la pedrera somital nos deja en lo más alto de Collarada
y el tiempo nos premia con unos leves rayos de sol que agradecemos.
Hemos
ascendido mil ochocientos metros de desnivel desde Canfranc, unas
seis horas, pero hemos llevado un paso tan tranquilo que la subida
ha sido agradable y nada pesada. La niebla nos ha protegido del sol
y la temperatura es ideal. Una ascensión perfecta si no fuera por la
ausencia de paisaje.
Como siempre
en las cimas, fotos y más fotos y un ligero tentempié. Y enseguida
para abajo que nos quedan unas horas hasta llegar a Villanua.
Bajamos una
corta canal al sur con cuidado por las piedras, y, ya por terreno
más suave y agradable, en franca dirección sur, llegamos a los
prados donde algunos mojones indican el camino. Aunque hay varias
líneas de mojones, lo mejor es decidirse por una y seguirla porque
al final todas van al mismo lugar, al paso evidente, el único lugar
por el que se puede salvar el contrafuerte que hay antes de llegar
al refugio de La Trapa. Pero antes paramos en los Cubillares donde
hay unos abrevaderos de ovejas hasta donde llega una manguera
proveniente de un manantial, la fuente de los Campanales, que nos
viene muy bien para beber y echar un bocado.
El refugio de
la Trapa está situado al final de la pista que llega hasta lo alto
del bosque proveniente de Villanua. Esta pista da un gran rodeo de
unos 14 kilómetros que nosotros no estamos dispuestos a hacer.
Afortunadamente, un camino encantador y muy bien marcado nos lleva
hasta Villanua a través de un bosque de abetos y en apenas hora y
media estamos abajo en el pueblo donde nos espera el autobús.
Durante el descenso ha salido el sol aunque sin
despejarse totalmente, pero el Collarada sigue oculto tras grandes
nubarrones. Estamos contentos, por lo menos hemos podido subir y no
nos ha llovido. Otro día ya volveremos a ver si con un poco de
suerte vemos algo más.
Lorenzo Ortas |